Monday, March 22, 2010

El génesis del símbolo




Pensemos en el nacimiento de un ser humano. En forma dramática su cuerpo es arrojado de un ambiente abundante en nutrientes y calor a otro en donde los nutrientes dejan de ser permanentes y el clima es variable. Su única posibilidad de supervivencia dependerá de ahora en adelante en la presencia de la madre o de otro ser humano que asuma esta función, iniciando una dependencia social. El nacimiento no es otra cosa que un cambio radical de universos. Del universo total que es el vientre materno, al universo hostil e ilimitado que es la realidad o “el mundo de afuera”. La madre deja de ser el cosmos para convertirse en otro individuo, proveedor de alimento y cariño, pero sobre todo es la imagen nostálgica de lo que fue. Para Freud, esa nostalgia del amor materno será el origen de todo el comportamiento humano a lo largo de la vida. El cambio de universos será la constante del hombre a partir de su nacimiento: de la residencia en el vientre materno a la infancia, de la niñez a la adolescencia, de la juventud a la madurez y a la vejez, y así hasta nuestra partida definitiva. Cada paso del hombre de una etapa a otra guardará una relación ineludible con ese primer paso que fue su alumbramiento.

Vayamos ahora al momento portentoso en el que una nueva y singular especie animal tuvo su origen. Imaginemos que el nacimiento al que nos referimos no es el de un individuo, sino el de la especie humana hace unos 50 millones de años. Los primeros pasos del homo sapiens sufrieron un proceso análogo al bebé del que hemos hablado. Por razones ampliamente estudiadas y debatidas, el hombre empieza a distinguirse del resto de las especies principalmente al tomar una postura diferente del resto de sus cohabitantes. El hombre que empieza a andar erguido se enfrenta a una realidad apabullante. Es el paso del equilibrado estado gobernado por los instintos al estado en que reconoce sus limitaciones y su finitud; es decir, es la llegada a un estado de conciencia de la realidad. Aparece la angustia como una respuesta al descubrimiento de un horizonte invadido por fenómenos que no pueden explicarse. En palabras de Blumemberg, la condición humana se encontrará sometida al “absolutismo de la realidad” El nacimiento de cada ser humano es una recreación de aquel gran nacimiento de nuestra especie. En el llanto de cada recién nacido está el angustioso eco de la humanidad entera de cara a una realidad que lo domina.

Como ya se ha mencionado, esta condición nueva del hombre primigenio en su ambiente está dada principalmente por una perspectiva insólita en el mundo animal generada por su postura erguida. Sin embargo, otro factor importante señalado por Blumemberg pudo ser no solamente el cambio anatómico, sino un radical cambio de medio ambiente. La migración de los grupos homínidos de la selva a la estepa pudo ser otro elemento dentro del rompecabezas que definió lo humano. Es el paso de un entorno lleno de abundancia, como lo es la selva ( semejante al vientre materno en nuestra analogía ) hacia un ámbito como la estepa en el que las capacidades de supervivencia son puestas a prueba. En esta circunstancia de cara a nuevas condiciones de vida por ser asumidas, dejando atrás la protección de la selva para, en un ambiente en el que las exigencias eran mayores, es necesaria la capacidad de prevención del peligro, la necesidad de anticiparse a lo que todavía no sucede y de imaginar aquello que no puede verse en el horizonte. En ese proceso el hombre toma conciencia de su finitud. Al tiempo que la visión del horizonte que ha dado su nueva postura vislumbra el firmamento de una forma distinta, también el hombre da lugar en sus pensamientos a la visión de un futuro inevitable, reconociendo a la muerte como un elemento inminente. Es un hecho que en semejante circunstancia la especie humana logró desarrollar un mecanismo de supervivencia, un elemento mediador para soportar esa situación de angustia. La permanencia del hombre dependió de la superación de semejante reto. En palabras de Roger Bartra, fue necesaria la aparición de una “prótesis cultural ( de manera principal el habla y el uso de símbolos) que, asociada al empleo de herramientas, permite la sobrevivencia en un mundo que se ha vuelto excesivamente hostil y difícil “

En otras palabras, de acuerdo con Bartra, el origen de lo humano está en una deficiencia ( ausente en otras especies ) que es compensada por funciones cerebrales de índole cultural. El sistema neuronal reconoce la deficiencia y depende entonces de un elemento externo a su organismo para poder seguir operando. Bajo esta visión, lo humano no puede entenderse analizando únicamente las funciones neuronales en forma puramente orgánica, sino deben analizarse los elementos externos que obligaron al cerebro a adoptar esa prótesis cultural ( ¿ artificial ? ) para restablecer el equilibrio del organismo. Estos elementos han sido los componentes de lo que Bartra llama el exocerebro humano. Siguiendo a Gilbert Durand, sus observaciones no son del todo distintas. El homo sapiens es un ser vivo inmerso y dependiente de la cultura. El desarrollo definitivo del cerebro se dará solamente mientras exista una educación cultural. Para Durand “ existe ciertamente una naturaleza humana, pero es potencial, sólo existe en hueco y sólo se actualiza a través de una cultura singular” Si aceptamos estas teorías, podemos intuir entonces que el origen de lo humano está en la angustia.


Como siempre, la comparación con otros habitantes de la tierra nos dará referencias. El asombro humano no se detiene ante lo que parece un milagro natural. El nacimiento de los animales que son distintos a nosotros siempre llamará nuestra atención como hechos tan diferentes al nacimiento de nuestros congéneres. Joseph Campbell en su notable obra Las máscaras de Dios nos remite a una imagen conocida ¿ Cómo no maravillarnos ante el nacimiento de una tortuga? La madre ha encontrado un sitio adecuado en la arena más allá de las mareas, cava un enorme agujero y deposita sus numerosos huevecillos, los cubre con arena y se retira para sumergirse en las profundidades del mar. Los huevecillos son abandonados, la madre ya está ausente. Pasan dieciocho días y de repente se produce el prodigio. Sin dudarlo un solo instante, al romper su cascarón esas pequeñas crías conocen el rumbo que les dará la supervivencia. Apenas han tocado el nuevo universo al que se enfrentan y cada una de ellas es capaz de emprender la primer gran aventura de la vida: el viaje hacia ese otro universo que es el océano. A diferencia de los humanos, en estos seres la duda está ausente y sólo existe la certeza. Sabemos que no ocurre así con nuestra especie. Desde nuestro nacimiento somos socialmente dependientes, nuestra supervivencia está en manos de lo exterior. El organismo humano por sí solo no cuenta con las capacidades para establecer contacto con el mundo con la seguridad que tiene esa pequeña tortuga.

Pero ¿ cómo pudo ser ese proceso de humanización a partir de la angustia hace millones de años ? ¿ cómo es que nuestra especie resolvió el problema de sus relaciones con la realidad ? En definitiva, como el neurólogo Kurt Goldstein lo menciona: “ la angustia ha de ser racionalizada siempre como miedo, tanto en la historia de la humanidad como en la del individuo” . Y siguiendo a Blumemberg , esto solamente ocurre “en virtud de una serie de artimañas, tales como, por ejemplo, la suposición de que hay algo familiar en lo inhóspito, de que hay explicaciones en lo inexplicable, nombres en lo innombrable” Esto en definitiva nos acerca a las formas elementales de la cultura humana: el lenguaje, el mito , la religión y el arte.


Pero no aceleremos el paso y volvamos a ese homo erectus quien, una vez erguido y enfrentado al horizonte de la estepa, vislumbra los peligros que conlleva su existencia. Desde el punto de vista neuronal, su masa encefálica ha aumentado de una forma notable con respecto a su antepasado el homo habilis: de una masa de aproximadamente entre 510 y 750 centímetros cúbicos a una masa de 850 y 1100 cc. Hoy sabemos que el homo sapiens moderno tiene una masa de entre 1200 y 1500 cc. La masa encefálica actual ha tardado unos seis millones de años en conformarse, desde aquellos australopitécidos que se diferenciaron del resto de los simios. Para algunos científicos como Michel Tomasello este periodo es demasiado corto para que una especie por sí sola logre semejante evolución, y, por lo tanto, es gracias al elemento social y cultural que este desarrollo fue alcanzado. Para otros como Stephen Jay Gould es un tiempo suficiente para que solamente a nivel biológico se haya conformado la psique humana. Ante esta disyuntiva y tomando en cuenta la hipótesis de Bartra, podemos pensar que hace aproximadamente un cuarto de millón de años un grupo de homínidos ubicados en África sufrió cambios en la estructura de su sistema nervioso central y otros cambios del aparato vocal que le permitiría articular palabras. Es entonces cuando dos hechos , uno de tipo interno y otro externo fueron determinantes. Primero, las mutaciones antes mencionadas afectaron las funciones de la corteza cerebral impactando funciones sensoriales que impidieron su adaptación al medio. En términos llanos, el instinto fue mitigado por esos cambios neuronales. Ahora bien, desde el punto de vista externo, tuvieron lugar grandes cambios climáticos y, como ya se ha mencionado, fue necesaria la migración de los grupos de homínidos en busca de condiciones ambientales apropiadas para la vida. ¿ Qué fue primero, el cambio neuronal o el cambio climático ? Si bien la respuesta no ha sido determinante, podemos estar seguros de que semejante situación provocó tal extrañeza y desorientación en ese grupo, que fueron incapaces de tener una relación con la realidad tan directa como el resto de las especies. Para sobrevivir a la desesperación derivada de semejante “ desconexión de mundo “, fue necesario que esos homínidos comenzaran a marcar los objetos, los espacios y las herramientas que había empezado ya a utilizar. Estas marcas le permitieron compensar el vacío. Estamos, sin lugar a dudas, ante el nacimiento del símbolo como mediador entre el hombre la realidad.